No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
No hay más retóricas ni versos, ni lágrimas,
ni lamentos
que suplanten la irreversible ausencia
porque, es el día en que hay que partir y sin maletas
por las calles que tantas veces nos odiamos en vida.
Dejo mis innumerables pasos que no han de borrarse con el tiempo
ni aun cuando las flores su aroma apague al necio,
necio porque vivía sin contar las horas de mi postrimería
y, sé que he muerto; y no creo que he muerto ¡todavía!.
No, no amanecí pensando que mañana voy a atesorar esa fortuna,
la que me instigaron para ser un “hombre de bien y de valía”
y, ¡ooh, sorpresa!: cuando giró el tiempo y vino la hora
sentí un hálito muy parecido del que en vida fue y se extinguía.
Y las pompas, que no era un sanjuanito, ni un SON guajiro
llenaron ese atril de melodías
y se perdieron a lo lejos las notas de mi entierro
del que ahora en silencio y a oscuras
me enamoro y suspiro, sin ningún paraíso,
y, sólo me fui, con el mismo carácter repentino.