No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
Por: SPINOZA MARCELO
Le dicen "El Chueco" aunque de pila se llama Manuel Eriberto. Vive en el popular barrio “La esperanza” en uno de
los 20 edificios que forman su vecindad y es ahí donde se acuesta pensando en las bondades de “la Katty”, su nueva vecina.
No han cruzado palabra; más una vez coincidieron justo en el angosto callejón que lleva del barrio hacia la avenida. En esa larga
tripa de crudo cemento que lleva tatuado en sus muros innumerables rumores y bromas pesadas, junto a decenas de corazones anacrónicos ya casi borrados por esa mezcla de smook, orina y
reloj. A lo largo del gris zaguán también se puede leer sobre la violenta ruptura con las infaltables intimidades reveladas y deseos de dolorosa muerte, fragmentos puntiagudos apuntando a las
yugulares de los que otrora fueron terciopelo y algodón de azucar, ese callejón nunca vio ni verá a nadie pintar una nueva versión de un viejo corazón .
"El Chueco" no es de mirar a los ojos cuando camina: más parece como si fuera rasurando la calzada con las pupilas,
aunque ese sea el amague para camuflar su inseparable timidez. Para no tropezar con personas que quiere evitar, aprendió a lanzar una mirada larga como de 40 metros y después la recorre
fotográficamente; como ese tanto de aire necesario para sumergirse en su mar sin matarse, pero esa tarde no pudo evitar no mirarla, de hecho no pudo mirar a otra parte. El la vio caminar liviana,
bamboleante y generosa; ella iba como recordando la alegría y repartía generosas ráfagas de maternal abrigo. Y sobre todo caminaba hacia él, por la otra vereda pero hacia él y para colmo cuando
ella lo registró con la mirada no perdió la sonrisa. "El Chueco" que desde chico se encontró con tantos pares de ojos escrutándole sus asimetrías siente la cosquilla de un: ¡por qué no...!, él se
sonroja, se siente aludido, el corazón late distinto, siente un espacio de dos que no se puede desaprovechar y decide llevarse la posibilidad y el derecho a la fantasía.
La posibilidad de un acercamiento por las vías conocidas del encantamiento es absolutamente nula e impensable, sería un atentado a
la ilusión. "El Chueco" no le ha hablado a una mujer de amor desde los tiempos que vivía con su prima, allá en su adolescencia.
Ya son algunas semanas que cuando “La Katty” sale fuera del vecindario, "El Chueco" se da vuelo para subir esos 5 pisos hacia
los tendederos de ropa del bloque 7, ese erotizado cielo lleno de pinzas y piolas, donde la gente lava y seca sus disfraces.
Cada departamento tiene un lugar en la terraza con puerta y candado , tiene forma de una letra T y desde fuera se puede ver
con detalle el mundo interior de los vecinos. Por fin encuentra la terraza de “la Katty” y va una a una reconociendo las prendas que le ha visto desfilar.
Ya son varios días mirando su terraza desde afuera y lo que produce calma pero ya no alcanza, querer algo más casi siempre
pide también hacer algo más . Y ese algo más que es actuar define la vida, es un salto al vacío cargado de incertidumbre y desafío.
Primero tan sólo estudia el terreno y entonces vuelve al bloque 13, que es donde habita.
Por la noche en su cama el plan se empieza a tejer. Bastaría con trepar la puerta de rombos de alambre plomo sin hacer ruido,
metiendo la puntita del zapato en cada punto de apoyo y en lo más alto, cruzar las piernas y bajar despacito hacia la gloria.
“La Katty” sale golpe de 9 am a la calle y no regresa sino hasta las 7 de la noche.
"El Chueco" sabe que si se mete al tendedero debe ser una maniobra limpia y discreta, puesto que se trata de un edificio
distinto al suyo y al que no tiene excusa para entrar y para variar está repleto de sapos. Además sabe que sólo tiene tiempo hasta las 8 pm, ya que a esa hora se cierra la puerta de
la terraza para abrirse nuevamente a las 6 am del día siguiente.
El día llega, y "El Chueco" al fin se trepa y cae despacito cómo gato de la calle y jadeando hacia dentro cómo tratando de que no le
oigan lo que piensa, lanza una primera mirada, tres piolas bien templadas, una piedra para lavar a mano con una pequeña visera para los días de lluvia, un jabón perla y otro azul en barra,
detergente y suavizante, una tina grande color marrón, varias pinzas y en una de las esquinas un juego de cactus de vaso. A ratos el olor a detergente es un potente limpiador de consciencia y se
siente como una cubierta invisible capaz de generar la idea de no existir hacia fuera. Al rato divisa unas prendas de bajo valor erótico. Las toca y no las toca. Se escucha un ruido de puerta
cercana y "El Chueco" se hace humo como si nada.
Al otro día nuevamente en la terraza, extasiado mira desde afuera que ha llegado nueva mercadería y se lanza curioso por encima de
la puerta. Entre lo que escrutan sus pulidos ojos asoma un pijama, lo toca y lo lleva bien hondo, con una sentida inhalada en el tiro del pantalón. Se le cruza la sensacional y peligrosa idea de
que ella le está comunicando algo con las prendas que va colgando, la fiesta se prende.
Descubre un punto ciego y se sienta detrás de la piedra de lavar a enamorarse, el pijama le despierta también mucha ternura, le
huele a domingo. No es un asunto sexual, pero es también un asunto sexual. Con la práctica descubrió que la mejor hora para
subirse al cielo era a las 3 de la tarde. Y no, ni a las 12 que es la hora favorita de la viejas chismosas, ni a la 1 que todavía quedan algunas, tampoco a las 2 porque mandan a los maridos
jubilados o desempleados a recoger lo que se les olvidó. A las 3 pm empieza la novela y esa es la mejor hora para el ascenso.
Ese salto al vacío que inició siendo incierto y se tornó vertiginosamente excitante se precipitó contra el suelo rígido de la
realidad, una cachetada con pala.
Ese día arranco raro para "El Chueco", tuvo que llevar unos papeles por uno y otro lado. Cuando volvió al barrio ya eran las 6 pm y aún no había hecho lo más importante, así que sin más se fue al tendedero. No le
quedaba mucho tiempo antes de que llegue “La Katty” a las 7 pm y de que cierren la terraza una hora después: pero sí, alcanzaba para poder entrar y salir rápido, sólo para no
acostarse con remordimientos.
Ya estaba adentro, leyendo aliviado sus cartas de amor aromadas que cuelgan húmedas y radiantes, cuando la voz de una mujer joven se escuchó constante, envolvente y cada vez más próxima. Era “La Katty” que hablaba por teléfono
mientras iba a su tendedero, "El Chueco", violentamente se hizo ovillo detrás de la piedra de lavar en silencio monástico. Ella abre el candado y entra, mientras habla cuelga ropa y levanta otra
que ya está seca, hace una pausa y luego le comenta a su amiga que le faltaron pinzas, baja a buscarlas a su departamento, a él por un instante se le cruza la idea de salir pero le
atemoriza encontrarla en las escaleras y sobre todo: ¡...de qué sirve una idea si te agarra paralizado!. Ella regresa, tiende unas pocas prendas, agarra un par de toallas largas y
cierra con llave.
"El Chueco", casi infartado y lleno de vergüenza espera asustado unos 20 minutos más ¡por si acaso! y nervioso se sale del cubículo
y al tratar de abrir la puerta de acceso a la terraza, la chapa no gira. Mira la hora y el reloj digital con calculadora y luz amarilla le marca las 8.15 pm.
En esa noche y posterior madrugada el frio castiga y la lluvia alarga la pena, buscando refugio se mete nuevamente al
cubículo de “La Katty”, mojado y tiritando se pone el pijama, las medias, y las blusas, y travestido, y cansado de recriminarse se queda profundamente dormido. Al otro día temprano le
despierta la voz iracunda de ella, es tarde para intentar algo: ella grita ultrajada y "El Chueco" enmudece, “la patrulla ya está en camino” acota un diligente vecino.
Fin.
Leipzig, 22 de marzo 2014