No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
El pueblo imploraba leyes, de la herencia y plusvalía
la derecha con la «izquierda» se abrazan en su agonía,
la diestra acusa al "tirano", la surda insulta al "verdugo":
y entre la esquina y la calle dan quilombo con garrote
con su estilo y con su saña, con bombo y con todo el combo.
Y el Tarquino con su euforia todo ese día bailaba,
de perfil era un guerrero y de frente era un gusano,
felicidad y quimera, que en las noches se atracaba:
con madera de ratero, repartiéndose el mondongo
y cayó el malévolo ego del curul en sorondongo.
Pasa el tiempo y las tarimas: llama al uno y llama al otro,
y el Tarquino vino luego, más pequeño que el indigno:
se promociona y se agacha al amo social Cristiano,
pide que dios se lo ampare en brazos de un buen chulquero
y arde en blasfemia rumiando al otro que le da el tamo.
Ay, por Dios Tarquino Páez,
amarra tu lengua y calma,
que las jornadas de ayer te bajan de los altares,
y las piedras y los bates son cuentas que te condenan.