No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
Cuando vino el zutano;
al final del verano, ya era invierno,
ya era sabor a humedad; la vida,
de aroma y resplandor florecía la yedra...
¡las horas matutinas viose alzarse,
al saber que venía el mengano.!
Luego ya de unos años
las rosas del invierno se erizaron,
los alelíes de su mudo jardín no florecieron
tu alegría que parecía pena,
tu dulzura que parecía amarga:
del poco ánimo de amor que te quedaba,
arrullando al fulano te extenuabas.
Y ahora, y ahora cuando la senectud
de avidez mortal viene cegada,
sin cumbre, ni victoria, sin piedad ni perdón;
sobre el zutano;
con la vela en la mano titilando
que le mate soplando el vil mengano.
Dadle otra vez las flores del engaño,
que en los primeros días se esfumaron
dadle, si no es el corazón en la otra mano
lo que a los muertos dan, menos en vida.