No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
Mi tierno amor... que se encontraba encumbrando su “ego”
dulcificando los aires de Bogotá, de Cali, de los valles del Cauca
al que lo vieron empezar esos soles del Cundinamarca,
ese que se engendró bajo las verdes frondas de San José;
amor que me brindaste, amor!
a las más bellas ilusiones con tus ligeros días de tu vida,
no te puedo olvidar; siento tu carne fresca
la flaca bendición, que me consume...
¡¡ la existencia mía, el sentido mismo de mi razón está sumido!!
Te pude imaginar... cuántas veces...!
contando tus pasitos en las esquinas pobres del Gran Buenos Aires,
por los pasillos de algún parador donde paran los pobres;
en las salas de una biblioteca argentina,
esculcando el Aleph entre libros de polvo
concentrado, atento, tramando tu raudo itinerario,
en la mesa de cada comedor junto a tu madre;
y exploraba yo, tu profunda ternura
clavada en un rinconcito de tu noble pecho!
Esperando que un día como aquel
asumas tu destino,
que no puedo creerlo y que es tan cierto,
cuando intentaste llegar y no llegaste;
pero desde Quito te envío mi misiva, y solo sé
que te invitó a su mesa el César ese...
el de los Heraldos negros y el de Trilce.
Mi amor, que desde ahora eres otro recuerdo
otro resumen más que está en mi párrafo, en cada verso,
pues yo, te imploro que no te lleves contigo mis anhelos,
esos que te consentían tus cortas travesuras
Y, te clamo desde este otro punto de la arista infinita...
que las sombras donde tu alma es una blanca dulzura,
te cubran de candor y de ventura.
No, mi amor, nooooo, no te lleves lo que también es mío
ese sorbo de paz que me imprime de vida, de armonía
y es la esperanza con la que convivías.