No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
El alma ensayó su ritmo y se iba huracanada
y el espíritu paciente le esperaba
¡¡cómo no acompañarle si se va sin destino
si se va sola: y el cansado espíritu increpaba…
no te vayas mi amor que tengo ganas,
de no perderte nunca… ¡quiero amarte!.
Y ella se fue, cargando en su equipaje los rencores;
en su indomable supuesto los candores,
en su desvelado perverso que es su sueño
la vanidad absurda en su valija
y que no pesa nada, ni la nada que lleva.
Y, se fue una mañana y volvió tarde, sonriente, lasciva
a reprimir las ansias del misterio que lo ve pasar
sin palabra, con silencio, sin ruido… todo apocado
que le guarda en su almohada aquel sabueso
espíritu incorpóreo que es más vano.
Y vos que no supones que tus huesos
tienen la carne viva que no vale
que es mía y que es la tentación de todos
carne que de a poco se descompone y muere…
Tus besos que ya no son de sabor, son de asombro
son de un letal extraño, que igual lo desconozco:
son los besos que no saben a vino, a néctar, a beso humano
porque sorbió mi sangre y son de sal y son amargos.
Espíritu y alma confundidos, trastornados quizá…
uno cogió el camino y dijo voy al cielo,
el otro con angustia y resentido
tomó su morral y hacia el infierno.
Y el cuerpo se quedó sin alma, sin espíritu
sin ese corazón que dio latidos
mientras cada huesillo es corroído
sobre el cadáver de formol
con un millón y más
de hambrientas larvas de gusano.