No quiero perturbar tu existencia, porque vos también eres parte de la mía. Y a la final el mundo no se termina con la existencia mía, ni la tuya. A veces o casi siempre, todos vivimos algo de lo que unos pocos extraños no lo viven.
Sobre una cuerda saltaba el trapecista
que se esforzó arriesgado y arriesgando
y alzándose de un cojo taburete
alcanzó la tramoya de cuerdas y tendones.
Como siempre solía,
desde que se aferró al oficio.
Corría el tiempo con premura:
subía el primer nivel
y el segundo, y el tercero, y el cuarto
y una vez arriba el trapecista,
se tiró de cabeza al precipicio
comprobó que no era de hueso inquebrantable
de sesos de plomo, de parietales incorroibles
y quedó sentado ese día, con los ojos abiertos,
cara al cielo y destrozado...
de no haber podido cumplir su eterno sueño